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Quererse y ser uno.

Pasamos gran parte de nuestra vida sin querer lo que realmente somos.

Nos comparamos, nos miramos en otros e intentamos reflejar algo que quizás para muchos espectadores sea agradable, pero para uno mismo no tanto. Buscamos la aceptación del tercero cuando todavía no encontramos la del primero, nosotros.

  Y justo en ese tiempo, en esa medida que tardamos en entender que merecemos querernos de la misma manera en que queremos al otro, en esa distancia en terminar de comprender que el reflejo de lo que actuamos sobre el otro, es ganar el amor que damos; comenzamos a ser sinceros con nosotros mismos.

Te das cuenta cuando un día te levantas y el espejo no molesta. Un día te levantas y ahí está tu altura. Ahí están las imperfecciones en tu cara que solían incomodarte, esas líneas en la frente, esos hoyuelos en las mejillas, ese lunar, ahí está todo… ahí estás vos. Y tu altura ya no molesta, y esas imperfecciones, esas líneas, esos hoyuelos y ese lunar, simplemente ya no molestan.

Te miras y no ves lo que estética y físicamente siempre estuvo, te miras y reflejas lo que has florecido. Es eso que ni miles de espejos juntos de todos los tamaños existentes pueden exponer. Porque del ‘eso’ que hablamos, no se ve a simple vista, se siente. ¿Ya adivinaste? Te volves a mirar, de pie, de frente, y lo aceptas.

 Aceptas todo lo que en ese tiempo estuviste negando, todo el tiempo desperdiciado en querer ser lo que uno no es. Y te encanta. Te gusta porque no importa si de adelante, de atrás o de los costados no encajas con los demás. Te gusta porque lo que valió durante todo este tiempo no es lo que tenías por fuera, sino lo que llevabas adentro.

Adentro, de uno mismo. Adentro, de los demás.  Y justo, justo ahí, te queres. Y en ese momento ya no hay inseguridad que valga ni ojos de otros que te derrumben. Porque una vez que sabes con exactitud lo que llevas adentro, y lo que realmente vales, ya no importan cuántos ni cómo quieran tirarte, no van a poder.


Pasamos gran parte de nuestra vida sin querer lo que realmente somos. Y la otra gran parte guardando los recuerdos del tiempo en que la transformación nos superó, y nos iluminó para estar mejor. Pasamos gran parte de nuestra vida sin querer lo que realmente somos, el fin del principio para que valoremos todo lo que resta de nuestra vida, queriendo lo que realmente fuimos.


                                                                                                                          

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